15.7.17

La ley y los pequeños trumps

Donald Trump Jr.  (Fotografía CC de Gage Skidmore, via Wikimedia Commons)

Me asombra que, al parecer, en España no estamos demasiado conscientes de la situación desastrosa que está viviendo la presidencia estadounidense, esa escalofriante pesadilla en que habitamos desde que, la noche del 8 al 9 de noviembre de 2016, se anunció que Donald J. Trump había ganado los votos necesarios en el colegio electoral para ser proclamado 45º presidente de ese país.

El último capítulo ha sido la confesión abierta de Donald Trump Jr. en el sentido de que se reunió con una abogada rusa cuando se le ofrecieron datos oficiales del gobierno ruso para combatir a Hillary Clinton como parte del esfuerzo del gobierno de Putin por ayudar a Trump.

La confesión es tan asombrosa que los titulares, incluso de diarios amigos de la administración enloquecida del Calígula del peinado imposible, llamaron al heredero "idiota". La idea es que en el momento en que una potencia extranjera (ya no digamos una potencia enemiga como lo es Putin de todo lo que significa la Ilustración, la democracia y la ley) te ofrece ayuda para alterar unas elecciones, deberías haber llamado al FBI. Pero ni el hijo ni el padre lo vieron así. De hecho, el presidente Trump (dos palabras que nunca deberían haber estado juntas) señaló en Francia apenas ayer que "cualquiera" habría aprovechado la oportunidad que se le dio a su hijo de obtener información por ese medio y que "además la reunión no dio ningún fruto" (cosa que está por verse, por cierto, como han señalado críticos de la talla de Keith Olbermann). Es decir, que hubo intento de incendiar el edificio, pero como no prendió,  no hay delito.

Lo que revela esta actitud es un profundo desprecio a las leyes, a la idea misma de que es bueno para una sociedad autolimitarse emitiendo legislación que oriente sus acciones y les ponga cotas y límites.

Las leyes son los instrumentos que permiten la convivencia de individuos distintos, con intereses, deseos, ideas y creencias diversos y, con frecuencia, contrapuestos. Los animales sociales no humanos no emiten legislación, pero basta observarlos como lo han hecho los etólogos para descubrir el entramado de reglas, de obligaciones, deberes y prohibiciones, que permiten la vida en sociedad de la tropa de chimpancés, de la manada de lobos o de la colonia de suricatos. Los seres humanos escribimos esas leyes, las debatimos, las interpretamos y las vamos haciendo evolucionar (a veces con una lentitud dolorosa) porque de otro modo nuestra sociedad sería inviable.

Pero hay, a izquierda y derecha, personas y organizaciones que no tienen, ni en la teoría ni en la práctica, respeto alguno por las leyes. Las leyes son para ser utilizadas en tu beneficio o despreciadas, cuando no derogadas así sea mediante la violencia para imponer otras más cómodas.

Denigrar el cuerpo legislativo de una sociedad y a sus representantes es, por otro lado, un excelente fulcro para apoyar cualquier arenga demagógica... pienso inevitablemente en el rechazo tajante que expresan ciertos grupos políticos a la normalidad constitucional producto de las negociaciones de la transición española de 1978 y a las leyes que de ella se han desprendido. Y allí coinciden los que encuentran fácil decir que la dictadura sigue tal como estaba en 1974 y los que dicen que la democracia destruyó la pacífica convivencia del franquismo. Extremos que no deberían ni saludarse pero que se tocan, se manosean y se van juntos a la cama sin pudor alguno.

Para los Trump, las leyes no son entidades respetables, ni la sociedad es una colección de seres humanos que ameriten el reconocimiento de su dignidad individual y social. Simplemente no creen en las leyes y, de manera demostrable, nunca se han regido por ellas, beneficiándose en cambio de corruptelas, amistades, complicidades y uso contundente del poder económico.

Todo ciudadano debería estar consciente de lo que significan las leyes y por qué las tenemos, siendo imperfectas, y por qué es mejor cambiarlas por mutuo consenso que con un golpe de fuerza que permita a cualquiera, a uno solo, a una camarilla, dictarlas a capricho. Ni el Directorio que impuso el terror en la Revolución francesa, ni el Comité Central de los partidos comunistas, ni dictadores varios (Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Somoza, Videla, Idi Amín, Pol Pot, usted anote a sus favoritos) han conseguido hacer un trabajo ni siquiera mínimamente comparable a las leyes forjadas en un entorno democrático y representativo, curiosamente siempre mejores cuanto más democrático y más representativo sea el cuerpo que las expide.

Sin embargo, es tan seductora la idea de que todo está mal y todo puede ser perfecto que la gente acaba votando a quienes precisamente desprecian las leyes, esperando de ellos que sean mejores que quienes no han sido perfectos.

Decía El Quijote que la buena ley es superior a todo hombre. Y es cierto. Pero la buena ley además hace que la sociedad actúe de manera más moral, más justa y más sensata que nosotros como individuos. Cuando las leyes se parecen a los individuos y a sus pasiones más desatadas, es menos sana la convivencia entre todos.

Sin educación para la ciudadanía, sin embargo, veo difícil que se promueva una comprensión de por qué nuestro marco jurídico es tan imperfecto y que, aún así, sea mucho mejor que las opciones a mano. Estamos creando generaciones pletóricas de Donalds Trump Jr. en distintos sabores y tamaños, pero unidos por ese desdén a lo que nos permite vivir juntos más o menos civilizadamente.

5.7.17

Sin disculpas

(Nota: Éste es un post invitado con una pequeña historia detrás. En Twitter, @Ilse0101 comentó que quería traducirlo y publicarlo. Necesitaba un blog y varios ofrecimos los nuestros. Necesitaba permiso de la autora, Maryam Namazie, y ésta se lo dio en pocas horas, entusiasmada por la idea de que sus palabras se leyeran también en español. Maryam Namazie –el enlace es a la Wikipedia en inglés porque aún no tiene entrada en español– es una activista iraní pro derechos humanos, portavoz de Solidaridad Irán, Una Ley para Todos y el Consejo de Exmusulmanes de Gran Bretaña. Su familia huyó de la revolución teocrática iraní. Ha sido defensora de los derechos de las mujeres en teocracias musulmanas, opositora del relativismo cultural y promotora de una sociedad laica y la separación de las iglesias y el estado. Ha sido excluida de universidades y atacada por presuntos progresistas académicos estadounidenses con el argumento de que promueve un sentimiento "antimusulmán" al denunciar sus acciones contra la libertad, contra las mujeres, contra los homosexuales, contra la vida.)
Maryam Namazie, vía Wikimedia Commons

Sin disculpas

por Maryam Namazie
Traducción de @ilse0101

Este escrito es para ti.

No para ti, el islamista que me quiere callada o muerta mientras sueñas con tu vil califato, ni para ti, el racista que quiere expulsar a mi inmigrante familia musulmana mientras sueñas con tu despreciable Europa cristiana y blanca. Para mí, sois las dos caras de la misma moneda.

Este escrito va dirigido a ti, a quien debería considerar mi amigo, mi aliado, pero que se niega a apoyarme. Tú, el progresista, el antirracista, el que supuestamente defiende los Derechos Humanos.

¿Cómo es posible que tu defensa de la libertad de conciencia y de expresión nunca incluya mi derecho a rechazar y criticar al islam?

Me excluyes, vetas, expulsas, culpas y difamas, o, como poco, te quedas callado simplemente por quién soy: Una una ex-musulmana, atea, crítica con el islam.
Por supuesto, tienes derecho a guardar silencio.

No eres responsable de mi persecución. Solo los que amenazan, matan y dañan a los librepensadores en países y comunidades bajo el control islamista son directamente responsables. La justicia, después de todo, no puede culpar de forma colectiva.

Pero yo acuso.

Te acuso a ti de culparme a mí y nunca a mis agresores.

Ellos siempre parecen tener algún tipo de queja o sensibilidad herida que justifica que inciten a la violencia o al asesinato en masa.

Yo, por otra parte, siempre soy culpable.

“Si yo no hubiera ofendido”. Tu religión me ofende pero aun así, sigo siendo capaz de apoyarte y defender tu derecho a creer.

“Si yo no hubiera provocado”. Los islamistas matan, desfiguran y silencian ¿y soy yo la que les provoca por decir lo que pienso? ¿Son ellos los que hablan o tú?

“Si yo hubiera respetado al islam”. Tú no respetas mi ateísmo, ¿por qué debo yo respetar tu religión? En cualquier caso, lo que hay que respetar es el derecho a creer, no la creencia.

“Si me hubiera guardado para mí la opinión sobre el islam”. Tú no te guardas para ti tus opiniones. Todos los días, en cada esquina, escucho que el islam es una religión de paz y que los islamistas no son verdaderos musulmanes. Me obligan a tragar religión hasta que me ahogo ¿y aun así tengo que guardarme mis opiniones? ¿No tengo yo también derecho a hablar y pensar como yo decida? Hasta que los islamistas no dejen de amenazarme, gritaré mi ateísmo desde cada azotea.

“Estoy ayudando al racismo porque critico al islam”. ¿Estás tú promoviendo el terrorismo por defender el islam? Yo no te culpo por el terrorismo, deja de culparme del racismo cosa que, por cierto, también me afecta a mí.

Querido “amigo”:

¿Tan difícil es de entender que la libertad de credo no es solo para los creyentes? Incluye el derecho a no creer, el derecho a rechazar el islam, públicamente o de cualquier otra forma. Esa libertad de expresión no es solo para aquellos que defienden y promueven el islam. También es mi libertad, y la nuestra, poder criticar al islam, burlarnos de él e incluso ver al movimiento islamista como una ideología regresiva.

Y hacerlo públicamente sin miedo.

Sinceramente, cuando escucho recitar el Corán, es como si me dieran una patada en el estómago. Me recuerda a las ejecuciones en Irán y la pesadilla totalitaria de la que hui buscando refugio.

Y sin embargo, todavía puedo distinguir entre creencias y seres humanos. Todavía puedo defender el derecho a creer en una religión. Todavía puedo apoyarte contra los fascistas de toda índole.

¿Por qué no puedes defender tú mi derecho a rechazar la religión?

¿Por qué no puedes apoyarme?

¿No puedes ver que la libertad de creer no tiene sentido sin la libertad de no creer? Son libertades análogas. No pueden existir la una sin la otra.

Quizá tú puedas permitirte ese silencio. Después de todo, la religión y sus defensores siempre han sido los privilegiados y los librepensadores han sido los perseguidos durante toda la historia. Pero yo, nosotros, no podemos serlo.

Porque no tenemos elección.

Porque tenemos derecho a pensar y vivir libremente aunque ello te ofenda.

Porque si no hablamos por nosotros mismos, ¿quién lo hará? Está claro que tú no.

Porque debemos hablar por nosotros mismos y los que queremos, por aquellos que no pueden hablar, por aquellas que están sometidas y maltratadas en sus casas en Londres, encarceladas en Riad o esperando la horca en Teherán y Karachi.

Por Raif Badawi, por Sina Dehghan, Sahar Ilyasi, Ayaz Nizami, Ahmad Al-Shamri, Taimoor Raza, Avijit Roy…

Porque somos un tsunami que se aproxima…

Sí, no te culpo de mi persecución pero a menudo me pregunto cuánto de ese papel de culpabilizador de la víctima y de ese silencio, a menudo involuntario, está normalizando el acoso y derribo a ateos críticos con el islam y librepensadores.

Me pregunto: Si tú no fueras tan tolerante con la cultura de la ofensa y tan intolerante con mi crítica, ¿el mundo no sería un mundo distinto?

Yo acuso.

#IWant2BFree #QuieroSerLibre

20.6.17

Por una izquierda racional y razonable

Desde hoy en librerías:



Una crítica a esa izquierda new age de terapias alternativas y pensamiento místico que parece estar cada vez más en boga

Mauricio-José Schwarz arremete en este libro contra las nuevas tendencias de cierto pensamiento progresista, y se pregunta cómo es posible que un sector de la izquierda política se haya apartado tanto del camino de la razón y el conocimiento que le dieron origen en el siglo xviii, como para asumir la visión mística del new age, el rechazo a la ciencia, el relativismo posmoderno, las teorías de la conspiración más descabelladas (muchas de ellas nacidas en la derecha) y otras creencias y prácticas extravagantes.

La izquierda feng-shui hace un recorrido histórico por los caminos que van desde la Ilustración y la revolución francesa hasta los conceptos de postverdad y «hechos alternativos», y se detiene en algunas de las creencias comunes de esta «izquierda esotérica» enfrentadas al conocimiento científico, los hechos y los datos. Desde su propia postura de izquierda, exhibe los peligros y problemas que conllevan la confianza en supuestas terapias alternativas, la lucha contra la medicina y las vacunas, el movimiento antitransgénicos y creencias como la de los chemtrails, los Illuminati y la quimiofobia.

13.6.17

Trump, Podemos y el poder


Hay un punto de coincidencia entre Donald J. Trump y Podemos (al menos en buena parte de su cúpula) que me resulta enormemente inquietante. No, no me refiero a su preocupante tendencia a mentir, eso que la portavoz Kellyanne Conway describió en eufemismo para la historia como alternative facts o "hechos alternativos", ni a su populismo capaz de ofrecer cualquier cosa por el poder, manipulando sobre todo a quienes peor han salido parados de los acontecimientos de los últimos años... cosa que hacen los populistas sin importar el país, los acontecimientos o cuándo sean los últimos años (más datos con Adolf Hitler, Vladimir Lenin, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez o Alberto Fujimori, por mencionar a unos pocos).

No, a lo que me refiero es a la peculiar concepción del poder que tienen. Fundamentalmente, han pasado la vida manteniendo dos creencias de gran relevancia en su accionar e íntimamente imbricadas entre sí.

La primera, que el poder es un monolito en el cual trabajan de la mano todos los que lo tienen. Es la teoría de que hay una colusión PP, PSOE, Ciudadanos, Ibex 35, poder judicial, iglesia católica, Union Europea, Bilderberg, Banco Mundial, FMI, Estados Unidos, etc., en la cual no existen diferencias de opinión ni pugnas internas, ni mucho menos ideas contrapuestas. Todos actúan de manera concertada y bajo un mando único. Conquistar el poder político equivale, en su fantasía, a conquistar todo el poder.

Donald Trump está convencido, todavía, de que ha sido electo emperador de los Estados Unidos y que todos deben doblegarse a su poder. En la tormenta de abono orgánico que se cocina en los alrededores de su alucinante persona, cada acción parece estar marcada por esta convicción. Le pide lealtad personal al director del FBI porque todo mundo debe ser leal al presidente, y es él. Cambia las cifras para decidir que millón y medio de personas asistieron a su toma del poder porque está seguro de que los medios de comunicación siempre han hecho lo que quiere el presidente y puede dictar las noticias desde su cuenta de Twitter. Por ello mismo, al ver que los medios de comunicación o algunos legisladores republicanos, o servidores públicos con una ética medianamente sólida se le confrontan, lo toma como algo personal y acaba proclamando una conspiración.

Mientras escribo estas líneas, su amigo Christopher Ruddy, presidente de Newsmax Media, acaba de informar que Trump se plantea la posibilidad de despedir (como despidió al director del FBI James Comey, desatando una sucesión de acontecimientos que ponen ya en riesgo su presidencia) al fiscal especial James Mueller, cosa que técnicamente sería posible pero políticamente equivaldría a un suicidio espectacular. De hecho, ya algunos legisladores demócratas e incluso republicanos han advertido que cualquier intento por despedir al muy apreciado investigador sería no sólo inútil, sino contraproducente.

El poder absoluto, claro, sólo se tiene en dictadura. Allí es donde Trump se ha confundido y está en ruta de colisión con los "contrapesos y equilibrios" de la todavía funcional aunque herida democracia estadounidense. Y Podemos se confunde profundamente cuando se plantea reproducir en la política nacional los esquemas autoritarios de su estructura partidista, ésa que finge una democracia cuidadosamente dirigida para que siempre salgan las cosas como lo desea el único líder. Allí es donde algunos personajes del Gran Guiñol ibérico del nuevo milenio se han estrellado, como El Kichi, alcalde con apodo, que ha llevado enérgicos sopapos de la realidad a cargo de los suyos y de los que ayer eran suyos, de los que se oponen a él y, sobre todo, de quienes lo votaron esperando que hiciera efectiva una lista de la compra más fantasiosa que mis cartas a los Reyes Magos cuando era un niño más bien pobre pero con sueños generosos.

Kellyanne Conway el día que inventó los "hechos alternativos" para justificar las mentiras
del jefe de prensa Sean Spicer sobre el público presente en la toma de posesión de Donald Trump.
Y esto engrana con la segunda creencia que vincula la visión, retorcida y profundamente psicótica, de Podemos y del todavía presidente de los Estados Unidos: que todo el manejo del poder (político, económico, social, religioso, mediático) depende de la voluntad de quien ocupa el poder. Es decir, que si se rescata un banco, se aumenta un subsidio, se promulga una ley, se determina una estrategia energética, lo que sea, depende todo de que alguien "quiera" que ocurra. Es decir, que no hay condicionantes objetivas del ejercicio del poder.

En el caso de Trump esto se explica al menos en parte por una historia personal de bullying hacia todos a su alrededor, una megalomanía basada en el poder del dinero y una falta absoluta de rendición de cuentas hacia nadie en toda su vida. En el caso de Podemos, coinciden desde la visión profundamente conspiranoica de la realidad hasta las consejas de autoayuda del new age que nos dicen que "querer es poder" o que "nada es imposible". Desde la idea de que quienes piensan distinto no son seres humanos sinceros y honestos sino malvados villanos de película de serie B hasta la autoerotización que implica saberse, proclamarse, creerse firmemente la única salvación de El Pueblo®.

Recuerdo vivamente a Juan Carlos Monedero defendiendo el primero de los seis o siete programas políticos que ha enarbolado Podemos en los breves tres años y tres meses de su existencia. Hablando en televisión de la promesa del partido de legislar la jubilación a los 60 años, hacía una amplia exhibición de su desapego de la realidad asegurando al entrevistador que todo el asunto era cuestión de "voluntad política", que una vez que Podemos ocupara La Moncloa "los técnicos" recibirían el encargo de ver cómo se hacía la jubilación a los 60 años y se conseguiría. El muy doctorado profesor de la Complutense no parecía dispuesto a imaginarse que habría alguna limitación a su "voluntad política", algo tan sencillo como "no hay dinero", por ejemplo. Con la visión de lo que con los años sería Donald Trump, calculaba que su palabra era ley, y una vez expresada su voluntad, nada podía oponerse a ella.

Juan Carlos Monedero en 2013, cuando se preparaba el lanzamiento de Podemos.
Allí también, la realidad le ha dado lecciones brutales (y cada día más egregias) a Donald Trump, mientras que en Podemos el liderazgo se desvive por impedir que sus legisladores a nivel nacional y regional, e incluso sus ediles en los más variados municipios, se "acomoden" en el poder. Lo que esto quiere decir es que la dirigencia (vamos, Pablo Iglesias y su camarilla más cercana, ésa que cambia según le conviene) teme que los valerosos revolucionarios que ocupan espacios de representación moderen su vocación de asalto a los cielos, de combatividad callejera y entregada, de vibrante mitín y discurso para el aplauso de los convencidos, para ocuparse de la a veces miserable tarea de sacar los números para ponerle un banco en el parque a los vecinos de tal barrio al tiempo que se le dice a los de otro barrio que no hay para arreglar los baches de cierta calle o que no alcanza el dinero para ampliar los horarios del autobús municipal los sábados y que lo del techo para el parque infantil tiene que esperar al año próximo, si los presupuestos dan de sí.

La visión que se tiene a nivel de la calle, y que uno puede explorar a fondo en las redes sociales, es muy similar a la que tienen Trump y Podemos. Todo lo que pasa tiene un responsable y éste es malévolo. Todo se arregla queriendo. Todos están confabulados contra "nosotros". De ahí proviene una buena parte de su atractivo electoral en campaña. Huir de la complejidad es parte de su encanto, ya sea como una simulación bien orquestada o como parte de su incapacidad de entender la realidad. Y como en casos muy sonados, sobre todo en cuanto a corrupción, están efectivamente reflejando una parte del sentir popular, tirando del hilo sacan madeja. La administración y la legislación son, sin embargo, mundos muy diferentes al del mitín electoral, en los cuales se tiene que trabajar con la realidad y únicamente con la realidad, donde multitud de grupos de interés en conflicto --y todos con una porción del poder-- buscan su beneficio y jódase el vecino. Y donde hay que trata de no quedar del todo mal con nadie porque va a usar su poder contra nosotros. Sin miramientos.

La caída muy probable de ambos (Trump de la presidencia y Podemos de una posición electoral real de competencia por el poder) no es en su esencia distinta de la caída de otros populistas, en gran parte por el principio de Jacques Abbadie habitualmente mal atribuído a Abraham Lincoln: se puede engañar a toda la gente parte del tiempo y se puede engañar a parte de la gente todo el tiempo, pero es imposible engañar a toda la gente todo el tiempo. Y cuando la gente se da cuenta de que le has visto la cara, no suele ser generosa al presentarte la factura.

Cierto, siempre habrá un núcleo duro que te creerá todo, que justificará todas tus barbaridades y que tapará todas tus mentiras, sean Kellyanne Conway o Pablo Echenique, pero otros simplemente te darán la espalda.

Cuando no opten por colgarte por los pies como a Benito Mussolini, por mencionar a uno.

3.6.17

Lealtades, incondicionalidades e ideas

Cuahtémoc Cárdenas, Susana Díaz, Javier Fernández
La primera vez que vi en persona a Cuauhtémoc Cárdenas fue en un desayuno en el Hotel Reforma de la Ciudad de México, al que lo habíamos invitado a conversar un grupo de periodistas como Presidente Nacional del PRD (Partido de la Revolución Democrática, fundado por él mismo) y candidato a la presidencia de México. Pocos días antes, y esto me permite situar el momento en febrero o marzo de 1992, los diputados del PRD habían votado en favor de una modificación a los artículos 130, 27, 24, 5º y 3º de la Constitución que echaban para atrás 150 años de separación iglesia-estado. Mi primera pregunta a Cárdenas en ese desayuno-entrevista fue pidiéndole que explicara los motivos de ese voto que se llevaba al basurero una sana tradición laica y republicana. Su respuesta no me convenció. Un partido de izquierda puede reconocer una realidad religiosa, pero legislar contra principios progresistas ya consagrados en la constitución (la vigente, de 1917, y la anterior, de 1857) me parecía inaceptable y un escándalo.

Nunca pertenecí al PRD, pero a fines de ese año y hasta 1999 fui asesor -sin sueldo- de Cárdenas en temas de comunicación. El motivo, claro, era que este líder político era el que mejor abanderaba muchas de las ideas que yo ya sostenía, aunque obviamente en algunas chocáramos, y de frente, como la relación con el imperio Vaticano. Cuando Cárdenas decidió dar un paso atrás después de las elecciones de 2000, yo no me proclamé "cardenista", como no lo había hecho durante los años en que lo apoyé, en dos elecciones presidenciales y una a Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Que siga sintiendo cariño por Cárdenas y le sea leal en lo personal no afectó, ni antes ni después, a mis ideas. Nunca pensé de tal forma por seguir al líder ni cambié de opinión por "cardenista". Y, por cierto, él nunca pidió ese tipo de incondicionalidades. Tampoco es que habláramos mucho, yo soy gente de segunda fila, militante de base, y por tanto ni tengo roce con los líderes ni lo busco. Perdimos las dos presidenciales pero en 1997 ganamos la Ciudad de México y se hizo un trabajo de gobierno excelente.

En España, donde vivo hace mucho, en las recientes primarias del PSOE, partido en el que sí milito hace ya bastante más de una década, apoyé a Susana Díaz en las mismas condiciones: consideré que era la abanderada más fiel a las ideas que yo tengo sobre cómo debe organizarse un partido de izquierda y a cómo se debe gobernar desde la izquierda. Trabajé cuanto pude, nunca lo suficiente y jamás, tampoco, crucé una palabra con Susana. Perdimos las primarias y la candidata decidió (muy correctamente a mi juicio) no establecer una corriente crítica encabezada por ella ante el Secretario General electo por el 50% de los socialistas. Yo sigo y seguiré manteniendo mi visión de la organización del partido y lucharé por ella en las instancias correspondientes.

Desde que me afilié al PSOE, además, he tenido como Secretario General de la Federación Socialista Asturiana a Javier Fernández, hoy además presidente de Asturias. Como en otros casos, descubrí que muchas de mis ideas sobre la política, la administración, la honestidad, la izquierda, las expresaba con gran claridad, que era abanderado, también, de gran parte de lo que he creído toda mi vida. En su campaña por la presidencia, trabajé como militante convencido, igual repartiendo propaganda que defendiendo ideas y proyectos en las redes sociales, y como apoderado en colegios electorales. Javier ha decidido que no se presentará a la reelección en la FSA en el congreso de octubre y me parece una seria pérdida para el socialismo asturiano. Con Javier he cruzado un par de "holas" en alguna comida de fin de año del partido, nada más. Seguiré asumiendo como propias muchas de sus formas de explicar qué es el socialismo democrático en este tiempo, por supuesto, y lo seguiré apoyando como presidente del principado.

No soy ni fui, pues, ni cardenista, ni susanista ni javierista. Creo que las ideas son, lo he dicho, el lugar a donde uno llega después de pensar, de analizar, de cuestionar, de tratar de hallarle sentido a la realidad. Y las ideas políticas no lo son menos. Si otros llegan a las mismas ideas que yo tengo, y son además personas capaces de ejercer un liderazgo político y social para el cual yo no tengo vocación, capacidad ni interés siquiera, los asumiré como líderes y ayudaré a que lleven a la práctica nuestras ideas, no por ellos, independientemente de la simpatía que me puedan despertar en lo personal. Y les seré leal mientras ellos sean leales a tales ideas. En los tres casos mencionados, por fortuna, no tengo queja al respecto.

Esto me choca mucho con quienes entienden la lealtad a las ideas como un subconjunto de la incondicionalidad al líder de turno. Los que tienen vocación de lacayo, que no sólo le sostienen el estribo a su amo, sino que con gusto se ponen a cuatro patas para servir de taburetes a fin de que aquél se encabalgue cómodamente.

Los incondicionales nunca lo son. Mientras más proclaman su incondicionalidad, mientras más toman el nombre de su monarca como un servil apellido de casada ("Pablista", "Errejonista", "Aguirrista"), más claramente anuncian la facilidad con la que mañana serán incondicionales de otros, seguidores en serie de un señor tras otro, siempre exaltando al que mejores prebendas les conceda, que las ideas ya serán para otro día cuando sea preciso lanzar un encendido discurso diciendo lo que se supone que se debe decir (y lo que halagará al patrón, por supuesto), pensando lo que se le ordene o lo que venga al caso hoy, ya mañana pensarán distinto.

Quien se extraña de que otros no exhiban la misma incondicionalidad, la misma disposición a llevar en la frente la marca a hierro del señor o señora que los adquirió en la subasta de esclavos ideológicos que ellos mismos celebran cada que se acercan tormentas en las alturas del poder, está demostrando que su concepto de lealtad no es sino a sí mismo, a su barriga llena, su puesto ganado a fuerza de servilismo y la luz que queda en las márgenes de los reflectores que se enfocan en el ganador de hoy... mientras gane.

Yo prefiero, en mi eterna calidad de aldeano, seguir siendo fiel a mis ideas. Porque sin principios, no hay historias que valga la pena contar.

16.5.17

¿Un relato contra la democracia?


El sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista dedicado, sino la gente para la cual ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción, lo verdadero y lo falso.  
― Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo
Desde que Susana Díaz llegó a la presidencia de Andalucía, me he asombrado de la narrativa (como le llaman ahora a la historia fabricada) que la rodea. Y no porque desconozca los mecanismos de lucha de poder que hay en toda organización política (esos mecanismos que asombran, cuando conviene, a algunos que los conocen aún mejor), ni porque hubiera tenido una simpatía especial de entrada por la política andaluza. De hecho, el relato de sus adversarios (dentro y fuera del PSOE) condicionó en parte mi enfoque al análisis de su accionar político. Hasta que resultaba evidente que estábamos ante uno de esos mitos a los que somos tan afectos, y que se desmoronan en cuanto se les contrasta con la realidad.

Finalmente, la narrativa de odio que ha conformado buena parte de la imagen de Susana Díaz, construida primero desde la derecha y luego retomada alegremente por el fascismo-leninismo de Podemos para acabar siendo adoptada por algunos que en el propio PSOE han perdido totalmente la brújula, es una narrativa de desprecio a la democracia y ha derivado en una teoría de la conspiración tan descabellada que no es sostenible desde ninguna posición racional. Y que tiene implicaciones graves más allá de su partido.

Si un líder es electo por sus compañeros para encabezar un partido, se considera que es representante legítimo. Salvo si es Susana Díaz, que, nos dicen, alcanza la SG del PSOE de Andalucía por alguna mala arte mediante la cual obligó a que la votara gente que no quería votarla. Y que además nunca ha denunciado cómo fue obligada. Más poder, ni Kim Jong-un.

Si el líder mantiene la lealtad de sus compañeros, se considera que está haciendo bien su trabajo. Salvo si es Susana Díaz que, nos dicen, acude a "su poder" para mantenerse como SG pese a la voluntad de sus compañeros. Ni Putin.

Si gana unas primarias _sin oponentes_ en su comunidad porque ninguno de los otros aspirantes tiene los avales necesarios para enfrentarse a ella, uno piensa en un liderazgo sólido, con entidad y altamente representativo. Salvo si se trata de Susana Díaz, que entonces ha realizado manipulaciones casi mágicas para que fracasen los contrarios mientras que sus votantes, hipnotizados, la avalan como protagonistas de Walking Dead. Ni el PRI.

Si dicho líder gana las elecciones y lleva a su partido al gobierno de su comunidad, consideramos que ha sido fiel reflejo de la voluntad popular y un triunfo para las ideas de su partido y la forma en que las enarbola el líder. Salvo si es Susana Díaz, que según el relato común de cierta prensa, ha ganado de manera extraña y dudosa, de modo que su legitimidad como presidenta nunca es asumida. Ni Pinochet.

Si para ello el líder vence un pulso político con los peores enemigos del partido, pensaríamos que ha demostrado habilidad, capacidad y buen hacer en la lucha de las ideas y la fuerza de su partido. Salvo si es Susana Díaz, en cuyo caso se pone en duda el mecanismo de su triunfo (por ejemplo, obtener la anuencia para gobernar de un partido opositor, mismo partido opositor del que otros echaron mano sin consecuencias). Ni Goebbels.

Si ese mismo líder concita el apoyo de casi todos los demás líderes de su partido, que a su vez han sido electos como responsables territoriales y sectoriales por sus propios compañeros en sendos procesos democráticos, hablamos de un partido unido y un liderazgo sólido. Salvo si es Susana Díaz, en cuyo caso se presume una conspiración del "aparato" para la cual se debe deslegitimar implícitamente a todos los líderes electos por sus compañeros y decir al mundo que tu partido no tiene democracia interna... de las más sólidas deslealtades imaginables. Ni Luis XVI.

Si ese mismo líder, en una campaña nacional, obtiene un 10% más de avales que su más cercano competidor, consideramos que es una ventaja holgada (más hoy, cuando las elecciones se resuelven por porcentajes mínimos) y una demostración de que sus seguidores en todo el país le han dado, también, su confianza. Salvo si es Susana Díaz, porque entonces nos dicen que sus avales son ilegítimos, que quienes han firmado por ella lo han hecho obligados, presionados, robados de su voluntad, y se dice que el perdedor "sólo" tuvo 10% menos, como si fuera poca distancia. Ni Franco.

Resulta un desafío creer todo eso al mismo tiempo... y sin una sola prueba. Y resulta asombroso que algunos lo crean con tanto entusiasmo como falta de visión crítica, sobre todo dentro del partido de la propia Díaz.

Estos hechos son material de reflexión válido más allá de simpatías y antipatías personales, incluso más allá del partido al que uno pertenezca o al que vote, por costumbre o por convicción. Entra en los terrenos de lo que antes se llamaba "mentira", "manipulación", "embuste" y "desprestigio" y ahora se llama "postverdad" y "hechos alternativos". Y esa "narrativa" alternativa sirve directamente a los objetivos a los que hacía referencia Hannah Arendt en la cita que abre esta reflexión.

Sería fácil acudir a explicaciones precocinadas para el fenómeno de la narrativa de la malvada Díaz: porque es mujer, porque es andaluza, porque le tienen miedo a su liderazgo, porque es rubia... pero esos ejercicios de tertuliano bien pagado carecen de sentido. Más que preguntar por qué se ha creado esta imagen tan negativa entre quienes nunca han escuchado directamente hablar a Susana Díaz, lo primero es señalar lo extraño que resulta esta narrativa, el que existe de espaldas a la realidad y los objetivos que busca. Sobre todo en los escenarios posibles del futuro: ¿Qué pasará si Díaz gana -como es previsible- las primarias del PSOE? ¿La narración oficial será que todos los socialistas están siendo manipulados, convertidos en rehenes de a saber qué amenazas y chantajes? ¿Y si llegara a Moncloa?

¿Hasta dónde se puede denigrar a la democracia, a sus procesos y mecanismos de protección, a los votantes (cuando es más fácil decir, cuando se pierde, que los votantes son estúpidos o manipulados que asumir los propios errores), a la legitimidad que proviene del simple concepto de que la soberanía dimana del pueblo y éste la deposita en representantes mediante mecanismos electorales?

La respuesta importa... y a corto plazo.

26.1.17

Moral y nazismo

(Contexto para los no españoles: Se dio a conocer un vídeo de una chica de 19 años que era agredida por una docena de jóvenes de su misma edad, pateándola en el suelo por turnos a la puerta de una disco. Después, se dio a conocer que la chica es parte de un grupo neonazi violento, que suele ir armada y se le identifica como protagonista a su vez de otras agresiones. El debate ha ido por varios lados, especialmente las justificaciones a la golpiza por la adscripción ideológica de la chica, por sus agresiones, por su violencia.) 
Si justificas que a una neonazi le den una paliza extrajudicial "porque se lo buscó", espero es que seas coherente y consideres aceptables a los GAL y las torturas policiacas "porque se lo buscaron", que aceptes la persecución de los tuyos con la misma saña. Si admites que la violencia decidida por individuos o grupos es la forma de resolver las cosas, lo asumes plenamente. No vale que lloriquees si mañana quince nazis te ponen fino a patadas, ni es razonable que pidas ayuda a la policía... ambas partes habéis acordado el terreno del debate y sus procedimientos, los estándares morales a los cuales os ajustáis y la conducta que halláis aceptable ambos. Nada más. Puedes continuar.

Mi opinión es otra, por supuesto. La decisión de utilizar la violencia siempre debe tomarse de modo que se sustente la superioridad moral del que se defiende por encima del que agrede. Y la violencia debe ser un consenso social legítimo y no una decisión unipersonal o de un grupo que se automargina de los mecanismos existentes para la respuesta a la ilegalidad.

Y no me jodan con la Segunda Guerra Mundial como ejemplo de que a los nazis se les vence sólo militarmente.

Los nazis aniquilaron a millones de personas, de civiles, de no combatientes, de manera repugnante y humanamente inaceptable, provocaron hambre, enfermedades, sitios de una brutalidad atroz como el de Leningrado, instalaron un sistema industrial sólo para el genocidio sin más límite que la disponibilidad de víctimas, y mucho más... La respuesta de los aliados, la que estableció de modo contundente su superioridad moral sobre los nazis, fue no exterminar en campos hediondos a la población alemana (sus militantes nazis incluidos) una vez derrotada, ni matar siquiera a los peores asesinos sin juicio previo, ni fomentar el hambre y las enfermedades en los territorios ocupados, ni vengarse. Porque la justicia no es venganza, y dos injusticias no dan como resultado una forma de justicia.

La Alemania ocupada no fue un teatro de sangre, sino de reparación y demostración de por qué los vencedores eran mejores que los vencidos. Me-jo-res.

Y hasta hoy. Son me-jo-res.

Y ésa, amiguitos, es la diferencia moral que importa. Cuando no existe tal diferencia moral, cuando te pones a la altura moral del nazi (o del asesino, o del violador, o del fascista, o del racista, o del que tú consideres más bajo y despreciable), la coartada ideológica ya no vale para una puta mierda, en lenguaje técnico. Y no te la acepto.

18.11.16

Estafadores en cuatro monedas...

El malecón de La Habana, Cuba. Foto de Google Earth. Obviamente, no hay Street View.
1. La Habana, 1991.

Visito por primera vez el paraíso de los trabajadores para constatar que esto de la publicidad engañosa alcanza cotas asombrosas en política. El tercer o cuarto día de mi visita decido salir a que me timen. El peso cubano "oficial" vale un dólar y así me lo toman en los lugares donde estamos debidamente vigilados por nuestra amable "guía de turistas" proporcionada por el Ministerio del Interior para la dura tarea de supervisar que los extranjeros éstos no entren donde no deben. No es un control norcoreano, pero está allí. Y no lo es tanto que me escabullo con facilidad. El peso cubano "libre" está dándose a hasta 20 por dólar. El dólar es el pasaporte a los satisfactores que los cubanos no tienen habitualmente, y menos ahora que es "período especial".

"Período especial" es un concepto que resume "se acabó todo lo que nos regalaba la URSS a cambio de ser su trampolín a 90 millas de Florida y ahora resulta que estamos en la puta calle porque desde 1959 no hemos podido ni querido organizar una economía que funcione mínimamente". Mis amigos quemaban muebles para cocinar escuálidas chuletas de cerdo compradas clandestinamente para agasajarnos (y uno se sentía horriblemente mal por comerse esa comida que para ellos era tan inalcanzable entonces como para uno un Lamborghini). Había apagones porque el petróleo no alcanzaba para mantener andando los generadores eléctricos las 24 horas.

Yo me lancé al Malecón con cara de turista despistado. En aquél entonces, los cubanos asumían que todo turista que hablara español era... español. Lo llamaban a uno "tío" y usaban jerga madrileña un tanto arranciada. No pasaron cinco minutos antes de que se me acercaran dos jóvenes muy delgados a hacer conversación. Les ofrecí cigarrillos (yo fumaba por entonces, y viajaba bien pertrechado) y conversamos sobre nada hasta que alguno preguntó si yo tenía dólares y si no me interesaba deshacerme de la basura económica imperialista a cambio de unos relucientes billetes revolucionarios. Llegamos a un acuerdo generosísimo: un camilo, un che y un martí (un billete de veinte pesos con la cara de Camilo Cienfuegos, otro de tres pesos con la cara del Che Guevara y uno de un peso con la de José Martí) a cambio de cinco dólares. Vamos, 24 pesos por un billete que, en cuanto yo me perdiera de vista, valdría 100. Ganancia neta, 300%. Ni los magnates más delirantes de Wall Street podían aspirar a ese rendimiento.

Ellos se fueron creyendo que me habían timado. Yo me fui habiendo conocido un poco de cómo funcionaban las cosas de verdad en la isla. Y la guía de turistas me recibió preocupadísima porque dónde estaba yo y qué estaba haciendo y con quién. Le dije que estuve paseando. Los inútiles billetes cubanos (que los extranjeros no podíamos gastar) deben andar por allí.

Gran Vía, Madrid, España. Foto de Google Earth.
2. Gran Vía, 1992.

Tres hombres se entregan al juego de "la bolita" o los "triles" en una mesa portátil cubierta por un terciopelo rojo que vio mejores tiempos, con tres tapas de jerez y una bolita amarilla. Me acerco a husmear. El que mueve las tapas le "explica" el mecanismo a un apostador que es su primo o está casado con su prima. El apostador saca doscientas pesetas, "encuentra" la bolita y se embolsa doscientas pesetas. La escena se repite. Aclaran innecesariamente (para que oiga yo, pues): "Yo digo dónde está y apuesto", y el trilero asiente. Se mueven las tapas y se detienen. El "apostador" se decide por la tapa de la derecha. Me mira. "Ponga el dedo allí mientras yo saco el dinero para la apuesta", pide como si no fuera raro que las dos veces anteriores tuviera muy a mano los billetes. Me giro al tercer hombre de la banda: "Que lo ponga él". El sujeto da un paso atrás, preocupado: "No, yo no". Y pregunto, "¿Qué pasa? ¿Tiene algo de malo?"

Los tres me miran. Digo: "Esto lo hacen también en mi pueblo. Quería ver cómo lo hacen ustedes. Es una buena variante, yo pongo el dedo, usted apuesta, la bolita no está allí, usted me acusa de connivencia con el trilero y para evitar un follón yo le doy las doscientas pesetas, ¿verdad? Brillante."

Me miran más fuerte. Doy las gracias y me despido. Les doy la espalda porque es medio día, que si fuera de noche no los pierdo de vista ni un instante. Confío en que se aguanten las ganas de darme un manazo. Doy dos pasos, giro la cabeza. Los tres estafadores se han esfumado por completo, como si se hubieran tirado por una alcantarilla de la esquina con Calle Silva.

Rivera derecha del Sena, París, Francia. Foto de Google Earth.
3. Rive Droit del Sena, 2013.

Caminamos de Puente del Alma a Puente de Los Inválidos después de ver una inesperada y muy reveladora exposición de fotografía asiática situada en unos paneles y construcciones efímeras a la orilla del río. Conversamos mientras un rotundo hombre de chandal (pants) rojo, me atrevo a pensar que de la Europa Oriental, tal vez rumano y probablemente gitano (y me atrevo a pensar que me equivoco, los prejuicios que están allí en uno no son brújula de fiar, claro) camina recto hacia nosotros.

A un par de metros de distancia, finge ver algo en el suelo y se inclina a "recogerlo". Me lo muestra. Es un gordo y apetitoso anillo que, si uno está de humor, podría creer que es de oro. Me mira con amable expresión de "¿Esto se le acaba de caer a usted, señor de las barbas con cara de turista que viene papando moscas por el Sena y que ahora voy a averiguar si habla francés?"

Lo miro fijamente. Sonrío. Hago con ambas manos la señal italiana estándar del lenguaje universal de signos de la bolsa que sube y baja, las puntas de los dedos unidas, que significa "Ma che cazzo?" Inclino la cabeza, sonrío más, quiero dar la idea de complicidad, de comprensión, de "A ver, colega, ésta ya me la sé, no jodas..." no de "En este instante me traigo a toda la gendarmerie a que te apaleen como a un filete viejo". Aunque el hombre del anillo sonríe comprensivo, una sombra de decepción le cruza el redondo y moreno rostro. Ya no podrá decirme que si el anillo no es mío, de todos modos me lo puedo quedar para la señora, que estará feliz con el gordo cacho de oro, y él estará satisfecho si le doy una pequeña propina.

Aprieta su falso anillo en busca de uno un poco más tonto que yo que suelte los cinco o diez euros de rigor y sonríe una última vez.

Bridge Street al final del Westmister Bridge, Londres, Reino Unido. Foto de Google Earth.
4. Londres, 2016, a la salida del metro Westminster, frente al Big Ben.

Una mujer mayor, vamos, que no vuelve a cumplir los 70 ni volviendo a nacer, me sorprende metiéndome en la cremallera abierta de la chupa/chamarra de cuero una florecilla morada con el tallo envuelto en papel aluminio. Me dice que están trabajando en una colecta: "For the hospital". Me repite muchas veces lo de "For de hospital" y cada vez que dice la "p" escupe rociándome de gotitas repugnantes. Me doy cuenta que me la ha colado como suelen hacerlo las gitanas con la ramita de romero en España. Imposible devolverle la florecilla.

Trato de que el asunto no prospere. Le doy media libra. Me mira horrorizada y repite que es para el "hospppppital" con cuádruple escupitajo, y establece que la dádiva voluntaria pero ineludible asciende a cinco libras. La miro calculando cuánto me darían por su cara como material para tallar diamante en cualquier taller de joyería cercano. Repite que son cinco libras para el hospppital. Le digo, en mi mejor acento de Northumberland y con una sonrisa que juzgo encantadora, que sus dos opciones son a) largarse feliz con sus 50 peniques o b) que yo llame a la policía. Se evapora murmurando cosas en memoria de mi madre, mi abuela y otros de mis ilustres antepasados.

5. Sí, a veces los busco.

En Puebla y en los alrededores de la Basílica de Guadalupe en México hice migas con algunos para ver cómo funcionaban. Si algún día se filma una película en cuyo guión participé (otra, soy campeón mexicano de guiones no filmados) la primera escena es un timo de "merolico", un vendedor ambulante parlanchín peculiar a ese país. Las más de las veces, me buscan a mí. Tengo, me dicen, "imán" para los peculiares. Cada vez que voy con un grupo de gente y nos cruzamos con algún ejemplar al que le faltan dos tornillos, es betatester de un alucinógeno que pronto será superventas en las discos, se ha bebido hasta el shampoo del perro o anda vendiendo entradas falsas para un concierto, partido de ping pong o pase de alta costura con top models de los años 40, quienes me conocen saben que tal ejemplar se dirigirá a mí indefectiblemente en línea matemáticamente recta.

No consigo camuflarme entre la multitud. Se ha sabido de casos en que los que caminan conmigo tratan de ocultarme entre sus cuerpos pero los miembros del World Club of Freaks, Geeks and Eeks siempre consiguen llegar a mí para contarme su vida, tratar de timarme o reclamarme porque me parezco a un sujeto que una vez les quitó un helado de chocolate, causándoles lesiones psíquicas de por vida.

Seguiremos informando.

11.11.16

Adiós, Leonard

Hay tres discos que recuerdo cuándo, dónde y con quién estaba cuando los escuché por primera vez. Los tres han tenido una profunda influencia en mi vida.

Teníamos 17 años y ocupábamos en pandilla la cabaña de fin de semana de uno de los amigos del grupo, en Valle de Bravo, Estado de México. Algunos de la pandilla tenían un grupo de rock y nos llevaban a los demás por los caminos del descubrimiento musical. Allí, en un tocadiscos no muy bueno, rodeados de bosque, escuché por primera vez On the Threshold of a Dream, de Moody Blues. El comienzo, un poema del baterista Graeme Edge, era drama, era ciencia ficción, era un sonido seductor que le daba otra dimensión al rock. Los sigo escuchando.

Teníamos 16 años coqueteando con los 17 y estaba con un amigo mío y su primo, en casa del segundo. Había obtenido un disco nuevo que quería enseñarnos. La portada era alucinante, la cantante no aparecía glamorosa y deseable, sino rechoncha y vulgar, en dibujos del cómix underground que empezábamos a conocer. El disco era Cheap Thrills, de Big Brother and the Holding Company y la cantante era Janis Joplin. Jamás ninguno de nosotros había escuchado nada parecido, era una revelación, una forma de cantar que no tenía paralelo... ni lo tiene medio siglo después.

Teníamos apenas 16 y estábamos en casa de la novia de un amigo, donde arreglábamos el mundo con esa pasión adolescente que lo incendia y lo simplifica todo. Tenían un disco que también era relativamente nuevo, Songs of Leonard Cohen, un cantautor canadiense que sonaba totalmente distinto a los cantautores folk que ya conocíamos. Era barítono bajo, una voz infrecuente en el rock, y sus temas eran como si interpretara lo que sentíamos: "The Stranger Song" que éramos nosotros, "So Long, Marianne" y nuestros primeros amores frustrados, "Suzanne" y su dulce erotismo casi religioso.

Leonard Cohen en 2013. Foto CC Rama. Vía Wikimedia Commons.
Corte a muchos años después, cuando un director de una revista me pidió que escribiera la nota necrológica de Dalí. "¿Murió Dalí?", pregunté alarmado. "No, pero no tardará mucho, más vale estar preparados". Escribí la necrológica, se preparó en fotocomposición (así trabajábamos en aquellos años previos a la civilización) y en la forma de una tira de papel fotográfico revelado ocupó un cajón de mi escritorio en la redacción de la revista hasta el día que Dalí, finalmente, murió. Sólo tuvimos que poner la fecha y la causa oficial de la muerte, y esa misma semana se publicaba la nota.

Corte a hoy. Le han dado el Nobel de Literatura a Dylan y Cohen ha dicho que está listo para morir. Eso fue antier. Ayer Cohen dijo que era broma y que tenía muchos deseos de seguir vivo mucho tiempo.

Cohen me ha acompañado durante medio siglo, poco más o menos. Durante años, toqué sus canciones en guitarra, especialmente "Bird on the Wire", "Sisters of Mercy" y "Chelsea Hotel" (donde vivió su romance o amasiato con Janis Joplin, por cierto). Cohen estaba allí cuando era un secreto para unos cuantos iniciados que decían "¿Conoces a Leonard Cohen?" y quedaban hermanados por eso. Mucho antes de que Cohen ya viejo lograra la fama que lo eludió años atrás. Nunca fue un desconocido, pero sus últimos tours fueron apoteosis sorprendentes. Y seguía con uno.

No quiero escribir sobre su muerte cuando muera, mejor ahora. Porque puedo valorar las contradicciones brutales de un buscador espiritual que, como todos los buscadores espirituales, nunca supo exactamente qué estaba buscando y, por tanto, nunca fue capaz de encontrarlo. Coqueteó con religiones diversas, del cristianismo a la cienciología, de su judaísmo originario al budismo al que le entregó gran parte de su vida... era como si quisiera hallar en las creencias que le enseñaban otros lo que él en realidad ya parecía saber y uno se quedaba con la idea de que quizás no escuchaba sus propias canciones, las tapaba con las palabras (mucho más optimistas, pero mucho más falsas) del maestro espiritual de turno. Siempre me asombraron su ceguera a sí mismo, sus obsesiones innecesarias, su confusión gratuita, su miedo a no ser tan bueno como deseaba.

El viejo Cohen estaba por ahí en mis recuerdos cuando reapareció con el álbum The Future y volvió a cambiar el juego con canciones que nadie más se habría atrevido a cantar así... Salvo Waits, pero Waits las habría hecho más oscuras, más brutales, más embarradas en tierra y en la simpleza de pasiones más a ras de suelo...

(Nota: Esta entrada de blog se quedó aquí. No quise pensar en la muerte de Cohen, porque ha sido precisamente una buena compañía con la que no comparto muchas cosas, pero las que comparto son fuertes. Pensé que algún día volvería a ella. Ya no dio tiempo. Leonard murió hoy. Su muerte me sorprende en Londres, donde esta misma noche estuve escuchando en vivo a músicos mucho más jóvenes a los que disfruto enormemente. Una de ellas, Basia Bulat, canadiense e inevitablemente influida por su compatriota medio siglo mayor, ha cantado algún cover de Cohen. Los otros, Lake Street Dive, ciertamente no, pero seguramente encontrarían en su elaborado soul-indie-jazz algún acento imposible sin Cohen. La música, pues. sigue. So long Leonard (no me interesa ser original), ya no escribiré más sobre tu muerte. Cierro con Basia Bulat celebrando tu cumpleaños hace un par de años, aunque podría cerrar con el brutal cover de Hallellujah que hizo Popa Chubby o con tantos otros que pueblan YouTube... pero elijo éste porque cierra el ciclo del ayer al hoy, dejando ver la sonrisa triste del mañana...)

30.10.16

Fuckin' All-Saints' Day, Halloween and Día de Muertos

I'm exhuming and adapting into English this little essay I wrote a year back, because a couple of days ago I came across an unnerving piece by an American journalist with some Mexican ancestors. She claims to "defend" what she understands as "Mexican culture" by stating that Día de Muertos (she mistakenly calls it "Día de los Muertos") makeup is "not a costume" but rather it is "culture" which should be studied, understood, revered, exalted and honored before even thinking about painting your face with a garish skull with flowers.

Bullshit. It's a costume.

It's a Mexicanized version of American Halloween costumes. No one painted their faces like sugar skulls in Mexico in Día de Muertos, no one, until about a decade ago, when it became a fucking fashion. It is as "traditional" as Whatsapp and graphene. The lady has no idea what the hell she's talking about, but she picks up bits and pieces of post-modern, cultural-identity mindless American academia and throws them upon something she herself has no knowledge of (but claims the right to dictate to others what to do in the zany belief that her surname -her heritage, she claims- somehow endows her with magical knowledge of all things Mexican).

Yesterday the horrendously corrupt and populist Mexican government decided to host a "Día de Muertos Parade" which they copied from the James Bond film (let us be clear here: there has never ever ever ever been any "Día de Muertos Parade" until yesterday, it's not a fucking tradition nor a stalwart of "Mexican culture", it's just something someone found funny and nice and picked it up from a bloody movie, and a bad one at that). I hope Lizzy will not come over next year and sell another piece claiming "respect" for the fabulous and centennial tradition of the "Día de Muertos Parade". Things change. And you notice if you go wild and spend some neurotransmitters.

So here it is: "Fuckin' All-Saint's Day, Halloween and Día de Muertos" and may identity-politics die of bloody hemorrhoids.

(Imagen Copyleft vía Wikimedia Commons)
Last year, on Halloween (the Scottish short form of Allhallow-even... that is, the Night of All Saints - "even" for "evening", "hallow" from the Old English "halga", "holy", and "all", well... "all"), I wrote a playful and provocative publication on my Facebook wall:
You use Facebook and Twitter, and the Internet, and you do everything from your computer.
You wear jeans, you listen to rock and blues, and see movies and TV shows from abroad.
You drink Coke, you like Cheetos and consider yourself a gourmet burgerwise. You’re proud of your Ray Bans and your Nikon camera, you want a Harley Davidson and you buy your furniture from Ikea.
You stand against Halloween because it is foreign and contrary to your roots and your identity.
You are an asshole.
It was just one more joke in the wake of the tsunami of the cultural Puritans who, at least in Spain and Latin America (and also in France, as I hear), consider themselves to be the sole judges of valid cultural syncretism and believe they are empowered, almost preternaturally, to judge which elements from other cultures, other places, other ethnic groups or people who have the gall to be born under another flag must be accepted and incorporated into the collective heritage and which are despicable, loathsome, colonizing, promoters of consumerism (the medieval demon, anti-capitalist version), destroyers of the sacred national identity (anthems sound, torches are waved, a tear is cried for the vaterland and our genuineness, so ours) and, in short, subjected to an annual bitch rant which is more boring than chewing three-day old gum.

But some, including people who, to be clear, I love and respect both in Mexico and in Spain, even if I have abysmal differences with them (the statement is not idle in this context, it implies precisely the element of tolerance to the different that is underlying this piece), they found objections to my joke. I summarize:
  1. Rituals (which serve to congregate) are not the same than consumption patterns (which often disintegrate).
  2. Rituals have an identitary meaning that defines us more than the drift of the latter.
  3. The rejection of Halloween is a protest against the desecration of the Day of the Dead in the face of an adopted celebration which lacks a recognizable and comprehensible system of symbols that the majority can understand, nos spaces defined for affection and a sense of transcendence.
I answered hastily, but the topic remained in my mind, so I elaborated.

Just as not long ago I spoke about the imbecility of false indigenism and the idiotic presentism on fucking October 12th, which I suffer as the grandson of Spanish and Mexican ancestors (I won’t include the Russian and Polish grandparents, the mess would become monumental), the charge of purists against Halloween bothers me no less... but let’s be clear: I don’t care about the little celebration; at most, I’m amused by some costumes and the only thing that really excites me are the horror movie marathons... none of which, to top it off, is Mexican, Spanish, Bolivian, Argentinian, Chilean, Venezuelan, Cuban or French, simply because of historical issues and not implying any condemnation nor celebration regarding the submission to the empire of our times, nor the blind acceptance of the actions of this empire nor all the items that make up the rap sheet against anyone who doesn’t buy the whole package of a certain ideology which, on the other hand, is quite short on ideas, in the fringe of politics and society. And how sad it is that we have to clear this up preventively, vaccination against easy prejudices and herd thinking (where “thinking” is, of course, only a figure of speech).

The problem I see is not the loss of identity, consumerism, submission to the designs of the empire (Celtic, in this case, I think) but the tribal easy  devotion to easy solutions, which by way of explanation or justification eludes with elegance any investment in neurotransmitters. To sum it up: if you dance with the group, you avoid thinking.

Rituals create identities, but only after they are implanted from power until they are uncritically assumed as if they were our own. They don’t "come from a people’s gathering", far from it; they are elements that are recycled again and again in order to achieve specific effects, not always with luck. The "Day of the Dead" for example is no celebration, "of ours" as opposed to "of them" because we are not indians nor did we freely choose the syncretism that occurred when masters changed in various territories. Priests (let’s talk about ancient Mexico, of which I have more data) imposed upon people rituals such as wholesale human sacrifices, mortification of the flesh, (causing pain by piercing oneself with maguey thorns or stingray stingers in one’s tongue or, yes, foreskin), to fast and keep vigils, smearing chili on one's mucous membranes and eyes ... utter brutal barbarity. Then came the other priests that exchanged these for other rituals that included burning heretics (never Indians, by the way), iron branding, slavery, sexual abuse and a regime of poverty and hard work that benefitted... them... utter brutal barbarity.

I’m sorry, but, which is mine? None of them. My identity? It is neither the Aztec’s nor the conqueror’s, both brutal, both product of their time and context, not mine. I would not feel comfortable around any of their soldiers. I am a 21st century progressive man with nothing in common with those people.

Everything, absolutely everything we have as cultural baggage is imported (and therefore adopted, brought in, distorted, enriched or as you wish to see it) by a never-ending process of cultural intermarriage, by migratory flows of people, ideas and goods.

Even, as some studies now establish, current Ethiopians who are today living where the human species first appeared, are actually immigrants... descended from others who left the cradle and returned thousands and thousands of years later. The only ones we could actually call native to the human geographical and cultural identity birthplace, the first humans to Olduvai, are gone. We are all immigrants and aliens. And mestizos.

Fuente de la China Poblana en Puebla, México.
(Imagen C.C. de Russ Bowling via Wikimedia Commons)
Europe was not an airtight fortress, in fact, the encounter with America occurs precisely because it was not, and it demanded products and handcrafts from faraway places. Silks and peppers and cloves and cinnamon. And the crossbreeding currents deepened not only through trade (so hated by those who can consume, curiously enough the affluent middle class in need of Judeo-Christian guilt) but through ideas and people. And, in Mexico, a heroical "La China Poblana" (The Chinese Woman from Puebla) was invented, and she became the symbol of Mexican women in the imagination of the 1940's and 1950's and has been recovered today by a left-wing that seems to flounder. The story: an alleged princess from India (or thereabouts, but she was considered a "Chinese" through that generalization by which people believe that Asia is China and Africa is a country) was brought to Mexico by the Nao of the Philippines and sold as a slave under the name of Catarina San Juan, and whose claim to represent the essence of "Mexican-ness" includes her sewing clothes similar to those of her Eastern cultural origins, refusing to consummate their marriage with a Chinese slave (Domingo Suarez) and becoming a nun when she became a free woman. A slave, a seamstress, a virgin and a devout Catholic.

Why is she, more legend than history, epitomize the Mexican woman? Because of the same reason that Halloween becomes the emotional property of people: not through reason. Because it touched certain buttons and was good for certain interests. Because it evoked emotions and identities regardless of her origin. Rationalizations come later. (And I could rationalize the hatred against Malinche, who defended her people against the empire -the Aztec empire- siding with those -the invaders- she did not know weren't virtuous either, but we'll leave it for another day.)

Today, in the twenty-first century, these currents of intermarriage (some call globalization as if they had discovered the Mediterranean) are so broad that an enormously interesting global culture is taking form, but that collides with the advocates of tribalism. The usual suspects, Captain Renault would say in Casablanca: paved-over indigenists, neoprimitivists on cars, puritans who feel all the more dignified if they write from a Paris cafe, well-fed protest singers with electric guitar slung over his neck and similar characters.

Mexican Chinese New Year in February 2016. (Photo MXCity)
Is the Chinese New Year is a valid celebration? Puritans seem to say that it is valid only if you can prove that your DNA (that's called racism, to say the least) contains some acceptable amount (some day they'll measure it) of material that comes from China. Even if your family has been in Mexico since 1870, when your great-great-grandfather from Guandong finished building the US transcontinental railroad from Iowa to San Francisco and then moved to Sinaloa fleeing from Yankee racism. If I, without proving my ethno-racial credentials (oh, the sound of the Himmler), dare to celebrate the Chinese New Year, I become despicable because I assume an identity significance (oh, the sound of sociology) that does not belong to me according to a basically imprecise definition imposed upon me by people who have no right to define my identity.

(Yes, my Mexican friends with the Chinese great-great grandfather celebrated the Chinese New Year... with all of us who had great-great grandfathers from Italy, Poland, Syria, Germany, Russia, Spain and dozens of Mexican ethnic groups... but when we celebrated the thing, it was not "theirs", it was "our Chinese New Year", it was part of "my identity" if such thing exists. Why should that be weird?)

Rituals, like the Day of the Dead, congregate maybe, but they do so spuriously and surrounding the needs or intrerests of other people –churches, priests, those who ruled, rule and are intent to keep on ruling not because we elect them, or because they seduce us with their products and services (which is not always anathema), but because they say they speak to the deity and the deity answers. No ritual, absolutely none, has any value by itself. Just like any squiggle is not a letter unless there is agreement upon an alphabet and its meaning, the symbol is an empty vessel that will accept any content. That is how religions are interpreted and re-interpreted in order to serve the convenience and desires of power by the current leaders. You can use the same Bible to create the Inquisition or to proclaim tolerance. With the same Q'uran you can speak about the religion of peace or proclaim the Caliphate.

But there is an additional problem, and it is secular life as opposed to the religious.

Hanami or "looking at flowers" festival in Japan. (Imagen DP vía Wikimedia Commons)

Do you "congregate" when you imbue the civil, secular and universal culture not only with civil rituals (which are already repugnant since they often extol nationalism) but with religious rituals that exclude people and celebrates difference. It is doubtful. Unless you manage to dispossess these rituals of their share of service to a dominant group, what you do is to disgregate and rule. This is proven in the "them" and "us" mentality which is produced trying to achieve as much rationality as in a classic football match: "Halloween against All Saints Day, place your bet on the Internet. Gambling has never been easier... "

As a secularist, not only do I care nothing if the Day of the Dead is demystified, nor if the same happens to many other celebrations, especially the other three solar feasts (solstices and equinoxes, upon which the main festivities of all cultures are created, surprise!), rather, it seems to me an urgent task to demystify them and turn them into parties and secuilar jubilant celebrations with no supernatural overtones.

My culture is not Catholic even though I was born in the Mexican religious fanatical horror, nor because I was educated in it, just as "my culture" is not the homophobia in which I was raised with equal passion and with the same religious foundations, nor it is the humiliation of women and the exaltation of their submission, which are also strong Christian values that were a significant part of my education, not to mention the idea that the poor are poor because they want or that to protest against injustice is getting needlessly in trouble when you should better look away.

Rejecting those "identitary" elements of a culture in which I was born and lived most of my life seems good and right, moral and reasonable ... there is no reason to adopt them only because they have been declared "mine" because of the geographic and chronological accident of my birth. Is it more horrible and despicable to reject the Day of the Dead or All Saints Day, which is the affirmation of the basic dogmas of eternal life of the Catholic Church? On what basisor why? I don't even believe in saints, all or in groups, or one by one, I don't believe in life after death nor do I accept all the other dogmas of their religion... and do I have to celebrate the Day of the Dead because it is "mine"? I don't believe either in the spirits of the Celtic Samhain which gave rise to the scenery of Halloween (as people repeat as an unnecessary justification): the Jack-O-Lanterns and the costumes and similar elements... which Protestantism adopted as his own where it could and the Catholic church persecuted where it, in turn, could, as in Spain.

Must I accept or reject these items as being told by the column-writer-in-residence? I don't think so.

What about my identity? I build my own identity, in any case along the people who surround me. For all of us, it includes the blues and Bach, Leonardo and Lorca, the secular New Year and my blue jeans, which you can call rituals or consumerism patterns. It includes a taste for the Chinese Feast of the Lanterns but without the religious elements, Celtic folk, Queen and The Beatles, space travel and the discoveries of science, almost none of these has been born in "my" countries, those that demand me to be nationalistic and xenophobic in a carefully targeted way... I am, we are, here and now, an amazing product of an amazing and enriching diversity, we are inexplicable without this diversity.

But beware (I add after a few hours and in the heat of the continuing debate): personal identity is inevitably integrated, it is true, in "collective identities" but they should not rely on enforced symbolisms, religious backgrounds, capricious tribalism and obligations of a ethno-linguistic origin, implying that "my culture" that has to be mine because I am told it is, a sort of inescapable social inevitability.

That is precisely the problem with "identity" politics (and this debate is framed in them): they take as crucial and essential not what one is, what one thinks, what one plans, but rather what one is, how one feels, what one perceives. "Collective identities" based on what one is (or is supposed to be: Mexican, chubby, descended from Indians, black, Catholic, homosexual) are stressful and deeply (very deeply) moronic... and fascist.

Desirable, productive collective identities, which achieve objectives and actually build the future are those founded upon social and human projects that, precisely, care not about "what one is" and reject the idea that such is the defining point of any individual. Isn't a much more solid identity one that is built upon the struggle for real social justice or the emancipation of women or education for all, or worker's rights than that based on nationality, gender, appearance, skin color, sexual preferences, preternatural beliefs, height, disability or the sharing of a geographical birthplace?

Posturing in the matter of identities, where national-religious extremisms bloom, is our enemy, not lour ally. Joint projects are another thing. And culture is a whole human project. How can you say that the Toccata and Fugue in D minor or the Goldberg Variations are only for Germans or just for Lutherans, or only for men or only for heterosexuals... how would you take it away from the world, how can you become so impoverished without weeping, when you do not need too much theory to know they belong to all of us?

Bach in 1746, only for Germand? (Portrait by Elias Gottlob Haussmann,
PD image via Wikimedia Commons) 


Symbols, we said, have no more value than that which I attribute to them, but if we accept that, then we must find unacceptable the idea that a certain tribalism should enforce the recognition and meaning of certain symbols and the rejection of others (instead of, I don't know, rejecting moral misery, injustice, violence, we fall over the symbol... you will not will draw the national seal or you will become a criminal, because a piece of cloth called a flag is worth more than a dead child... and I know that drill from the elementary school flag ceremonies we had every Monday of patriotic exaltation in Mexico, something that worried me as a child and as an adult fills me with nausea; I concede to flags, as symbols, a limited value and certainly devoid of any xenophobia or contempt for human suffering). Is that symbolic tribal imposition defensible from any social, human or rational point of view? It is doubtful.

Finally, emotional spaces are not created by the episodic and theatrical, they are individual, human and personal. As is the sense of transcendence. Therefore, any cultural phenomenon in the world and through history (consumable or not, that is a fallacious distraction) is potentially the property of each of us, at our whim and taste ... it is as legitimate play the koto in Asturias as it is for a Japanese to play the Beethoven Violin Concerto in Yokohama ... yours is the electric bass, the bagpipes and the tlalpanhuehuetl, then... yours is the content of the Louvre and the stones of Angkor Wat... yours are Tiziano and Cartier-Bresson... yours are (if you want so) reggaeton and Guillaume de Machaut... Every human cultural and emotional product that can move you or amuse you or interest you, and you can take any of them as a part of your own experience without feeling you are betraying another part of your humanity because of your choice. And without opportunistic moralists that presume to dictate which part of that universal cultural experience is evil for you and which is not, what part must you accept and what part to reject according to their convenience, and who have the gall to demand from others the compulsory compliance of their dictates. Those moralists and their attitude are undoubtedly fools even in the most precise sense of the word, i.e. not only "high-level stupid", but "devoid of reason".

And a further example highlights this idiocy: when in any "foreign land"– that mythical site from which we always want to come home from when we are there, but to which we want to go when we are not – we find some features of "our" culture (whatever "our" is in this case,  subjectivity rules) have been adopted, we are great, we achieved "the appreciation of our values, our art, our traditions, our folklore and whatnot". Fabada in New York, let's party!, we're important, "compango" in the Big Apple. But, hot dogs in Malaga? No ... no, wait, colonialism, rejection of our identity, who do you think you are?, boycott and brain-dead editorials in newspapers. Tribalism and an easy and tiny "them" versus "us".

Tribalism, a phenomenon that includes, among other horrors, nationalism and religions, distances us from a highly desirable universal identity and a human culture that would allow us the general appropriation of art, science and ways to spend our time, which are also valuable ... not the accidental identity of the neighborhood, the town, the region, the province, the country, the language, the continent ... which locks us into the fortress of our limitations. Is that sensible? It seems at least relevant to doubt it.

The foreign as the source of all evil, that which is scandalously "not mine" as a cause for rejection, belong to the worst in our history. It is not a noble task to reiterate and strengthen that easy xenophobia, that cultural nationalism... it is to fight against them.

And all this rant, which is somehow summarized in my little opening Facebook joke, would be unnecessary if we knew realized, first, that we are confronting another phenomenon of inconsistency and posturing fron arrogant urban-dwellers who dream of imposing upon others behavior patterns belonging more to their static and pastoral imagination that to a dynamic reality, more to a non-existent past than an indispensable future.